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ISSN 1989-4163

NUMERO 38 - DICIEMBRE 2012

El Tiempo de los Asesinos (XII) - H.P. Lovecraft: Las Alimañas Descarnadas de la Noche

Vicente Múñoz

"Cuando tenía seis o siete años, solía sentirme constantemente atormentado por un extraño tipo de pesadilla intermitente en la que una especie de entidades (a las que yo llamaba Alimañas Descarnadas) solían agarrarme con los dientes por el estómago y llevarme a través de infinitas leguas de negrura por encima de torres de ciudades horribles y de muertos. Finalmente, me llevaban a un vacío gris donde podía ver los pináculos afilados de enormes montañas, millas más abajo."

H.P.L.

 

Antes de abordar la figura de Howard Phillips Lovecraft (Providence, 1890-1937), al menos en lo que a mí respecta, conviene resaltar algunos aspectos globales de su obra y de su peculiar técnica literaria: el lenguaje anacrónico y en exceso adjetivado de sus narraciones, la reiteración argumental de sus relatos, lo maniqueo y simplista de sus conclusiones y, en especial, la limitación de su producción escrita al ámbito exclusivo de lo fantástico y lo terrorífico, con todos los riesgos añadidos que ello implica.

Sin embargo, y pese a las citadas objeciones, la trascendencia posterior de sus Mitos y la renovación que para el género fantástico supusieron sus relatos, merecen, cuando menos, ser benévolo y condescendiente con su estilo.

Mi primer encuentro con Lovecraft tuvo lugar a los dieciséis años, época en la que nuestras clases de Literatura giraban en torno a la lectura de unos pretendidos clásicos con los que no teníamos ningún punto en común y a los que, por otra parte, no estábamos capacitados aún para asimilar ni comprender. Qué placer o enseñanza puede extraer un adolescente inquieto del Cantar del Mio Cid o de la poesía culterana de Góngora, es algo que aún hoy, desde mi papel modesto de escritor, sigo a menudo preguntándome. Siempre he defendido la opinión de que antes de estudiar Historia de la Literatura es necesario amar la Literatura, algo realmente difícil de lograr con las soporíferas lecturas que entonces nos eran impuestas.

Precisamente por eso, desde aquella posición de lector incipiente, descubrir a Lovecraft fue para mí una revelación y un desahogo. Me situó por primera vez frente a héroes de carne y hueso y me ayudó a potenciar mis propias fantasías, abriéndome un universo de lecturas que progresivamente, de forma escalonada, fueron enriqueciéndose.

Es evidente que, desde un punto de vista exclusivamente técnico, Lovecraft no fue un gran escritor. Pero tampoco es menos cierto que sus evocaciones oníricas y su portentosa imaginación suplieron esa carencia, situándole entre los más grandes del género.

Tal y como Dashiell Hammet revolucionó la novela policíaca de los años veinte del pasado siglo, Lovecraft renovó con sus Mitos de Cthulhu la herencia gótica y romántica de la literatura decimonónica, que hasta entonces se había nutrido de espectros encadenados y ruinas de castillos recortadas en la niebla. Fue él quien, inspirándose en Arthur Machen y Lord Dunsany (precursores inmediatos de los Mitos, junto a Algernon Blackwood, Hope Hodgson y Ambrose Bierce), introdujo en el género el concepto de Horror Cósmico, poblando sus relatos de entidades amorfas e inquietudes subconscientes del todo ajenas al tradicional cuento de horror.

En 1921, tras una serie de prosas de corte dunsanyano, Lovecraft publica en la revista Weird Tales el primer relato perteneciente al ciclo de Cthulhu, La ciudad sin nombre, que sentó las bases de lo que posteriormente se convertiría en la última gran mitología del siglo XX.

Pero, ¿qué son, en esencia, los Mitos de Cthulhu? El propio Lovecraft apuntó al respecto: “Todos mis relatos, por muy distintos que sean entre sí, se basan en la idea de que antaño nuestro mundo fue poblado por otras razas que, por practicar la magia negra, perdieron sus conquistas y fueron expulsadas, pero viven aún en el exterior, dispuestas en todo momento a volver a la tierra.”

Como en cualquier religión, se enfrentan en los Mitos dos tipos de fuerzas: las que representan el bien, encarnadas en los Dioses Arquetípicos, y las que representan el mal, encarnadas en los Primigenios, a cuyo frente está el siniestro Cthulhu.

Partiendo de este esquema, Lovecraft sitúa a sus personajes (héroes por lo general cultos y misántropos) frente a una serie de entidades híbridas que luchan por liberar a los Primigenios de los sellos místicos que, con anterioridad al hombre, les fueron impuestos.

Relatos como El ceremonial, La llamada de Cthulhu, La sombra sobre Insmouth o El ser en el umbral (para mí, uno de los mejores cuentos de horror del pasado siglo), recrean esa atmósfera de seres amorfos que ha poblado las pesadillas de varias generaciones, cimentando la narrativa de ciencia ficción de las últimas décadas.

Los que posteriormente vinieron a engrosar el llamado Círculo de Lovecraft, August Derleth, Robert Bloch (el célebre autor de Psicosis), Robert E. Howard (creador de Conan) y algunos otros, aportaron su granito de arena al ya nutrido panteón de deidades lovecraftianas, añadiendo asimismo un serie de libros pretendidamente auténticos que contienen referencias a los Mitos y refuerzan aún más su credibilidad: el Necronomicon, el Libro de Eibon, el Cultes des gules y De Vermis Mysteriis.

Aunque entretanto, al margen de la ficción, las cosas en la vida real no le iban demasiado bien a Lovecraft: dominado traumáticamente por su madre hasta los treinta años, fracasado en su matrimonio, considerado siempre un escritor menor, obsesionado por la higiene y la pureza de raza (sus relatos, en ocasiones, dejan entrever una ideología de corte fascista), frágil y enfermizo, acomplejado e insatisfecho… Sólo a partir de su muerte en 1937, August Derleth, su albacea literario, se encargó concienzudamente de sistematizar los Mitos, creando para ello la editorial Arkam House y rescatando así a su creador del anonimato.

Estudiar más en profundidad la figura de Lovecraft requeriría muchas más páginas de las que aquí acabo de esbozar. La mayor parte de su obra, agrupada en varios volúmenes, está publicada en España por Alianza Editorial, y a ella remito a los curiosos. Tan sólo dejar ahora constancia de mi particular deuda con él y recomendar fervientemente su lectura a los que lectores ávidos emociones fuertes.

 

Larga vida a Cthulhu
& que Dios nos guarde de
Las Alimañas Descarnadas de la Noche.

 

Lovecraft

 

 

 

 

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